viernes 16 de febrero de 2007

Hang the Dj

" Burn down the disco
Hang the blessed Dj
Because the music that they constantly play
IT SAYS NOTHING TO ME ABOUT MY LIFE... "

Panic, The Smiths

Hoy día suele vendérsenos el slogan de que la imagen, el lenguaje y la música habrían superado, tras una etapa de pretendida inmadurez, las trabas que los encadenaban a otros espacios de discurso y acción. El peso de estas cadenas habría sido enorme durante varios siglos - desde antes de la modernidad hasta hoy, fin supuesto de dicha época - en los que la política, la realidad representada, los movimientos sociales, los intereses constituidos y la subjetividad del artista poseían el poder de delimitar las líneas por las que la creación estética había de circular, tanto creativa como interpretativamente. La muerte de Dios augurada por el martillo nietzscheano querría haber puesto fin, junto con la crítica económico-política de Marx y el descubrimiento freudiano del inconsciente, a la última ilusión de la modernidad fuerte: la imagen mítica de la subjetividad como un trascendental constituyente atravesado de espontaneidad. En el campo de la estética esta muerte de Dios (y del sujeto) se solapará con la muerte del artista en tanto donador de un sentido originario revestido de autenticidad a sus producciones: acecerá la muerte del artista por y para su obra.

Esta última muerte (petit morte para algunos) abriría la obra de arte al libre juego interpretativo, dónde cualquier forma de solidificación de sentido no sería más que parte de una dinámica transitoria e inagotable: movimiento infinito constitutivo del estatuto abierto de la obra, imposible de colmar mediante cualquier discurso que pretenda "cerrar" el flujo de la interpretación.

La muerte de Dios y del Artista permiten la muerte del código padre, de esa ley trascendente a la que lo subordinado tiene que hace referencia, positiva o negativamente, defunción del cánon mediante el cual la mirada ha de vestirse para contemplar la obra. Ya no hay forma privilegiada de "consciencia estética", no hay ley interpretante. O tal vez sí.

Más allá de estos efectos, el arte sigue muy bien delimitado y codificado. Pero habría que entender esta nueva codificación o subordinación del arte a otras leyes no como un efecto "perverso" de la muerte del Artista, sino como la inserción de un signo libre e infinitamente expresivo en una dinámica de poder estético-económico que hasta finales del XIX no había existido: la publicidad. La publicidad subordina lenguaje, imagen y música a las relaciones de producción capitalistas, especialmente en los países cuya fase del capitalismo está centrada en los procesos de consumo. De este modo los elementos estéticos, liberados de la codificación de otras épocas, son inscritos en los flujos económicos de mercado, porporcionando de nuevo una construcción social de la mirada (también creación de consciencia) que responde a una oferta y una demanda imaginarias por parte de la sociedad, pero que se hacen del todo rentables y reales a través del consumo de los productos anunciados y de los cánones más o menos variables que no dejan de ser asumidos, consumidos.

No es ya una dinámica intrínseca o local la que codifica las artes y las formas discursivas (redes de poder surgidas desde el ámbito productivo de las artes) sino una corriente extrínseca la que se apropia de ellos, pero que en dicho apropiarse radicalmente de toda producción no deja de aparecer como algo intrínseco a la circulación del arte y el discurso. Hoy la imagen tiene muy restringido su ámbito de libertad pues aparece casi siempre, y debido al triunfo de la publicidad, como necesitada de explicación, siempre en búsqueda del texto que revele su verdad. Y cuando no es así, la imagen refiere a ese otro lenguaje "más natural" de los gestos, cuyo uso simbólico y comercial muestra a las claras nuestra propia artificialidad humana.

La liberación de la imagen, el lenguaje y la música es falsa en la práctica. Gran parte de la producción cinematográfica, periodística y musical obedece, mediante estudios de mercado, al sostenimiento de la economía capitalista, reproduciendo imaginarios que permiten la dominación, la pasividad y el conformismo. La autorreferencialidad del arte a sí mismo se ha convertido, más allá de ser una estrategia de liberación artística, en el mayor de los placeres pequeñoburgueses. Podemos hablar horas de cosas interesantes sin hacer absolutamente nada. La desconexión del arte de diferentes formas de consciencia social, cultural y política permitió cierta liberación artística, pero resta acercar el arte a la cultura, la política y la sociedad sin la "forma consciencia", mediante la crítica de la propia subjetividad y los efectos que esta forma ha tenido en todos sus proyectos emancipatorios de carácter social. De este modo el arte puede ser liberador.

Hoy día el lenguaje, la imagen y la música no dicen nada de nosotros, dicen que es lo que algunos suponen que queremos ser, pero no muestran en absoluto qué somos o qué podemos. Habrá que prender fuego a la letra, al fotograma y al riff para que el arte se vuelque sobre sí mismo y permita abordar la realidad de un modo potente. Y no se trata de subordinar el arte a la realidad, sino la realidad al arte, a la poiesis creativa de una multitud que ha dejado de creer en fantasmas y confía en su acción transformadora.

Mario Espinoza