miércoles 31 de enero de 2007

Los espectros

"En nosotros no sólo corre la sangre de nuestro padre y de nuestra madre, sino también una especie de idea destruída, una especie de ciencia muerta. Es algo que no vive, aunque no por eso deja de estar en el fondo de nosotros mismos, y nunca conseguiremos escapar a su acoso. Si tomo un periódico y me pongo a leer, veo surgir fantasmas entre las líneas. Se me figura que está poblado de espectros el país, que hay tantos como granos de arena en la playa. Y,
por añadidura, mientras existimos, ¡tenemos todos un miedo atroz a la luz!."

Los espectros, Henrik Ibsen

Cuando uno abre y lee el periódico no puede sino notar ante su mirada el surgir de esos amargos fantasmas o "ídeas destruídas"a las que alude Ibsen, espectros que rondan las líneas negras que dan forma al texto. Sin embargo normalmente no hay extrañamiento alguno por parte del lector ante estos cadáveres vivientes, tan sólo su asentimiento más o menos consciente: esta ciencia muerta del pensamiento y la palabra se ha convertido en evidencia. Y cuando algo se convierte en autoevidente, en algo que parece comprensible en sí y por sí, nos hallamos en una terrible encrucijada. Pero dejemos de hablar en abstracto.

Hoy la lectura del periódico se ha convertido en la práctica más común de reconocimiento ideológico que los hombres llevan a cabo en las sociedades occidentales, lo cual puede sustentarse a nivel internacional (sólo hace falta remitirse a las tiradas de los periódicos de cualquier nación y obervar sus efectos ideológicos en la ciudadanía), pero hay un caso particularmente especial y llamativo dentro de este extenso panorama: España. El mercado nos provee de todo lo que necesitamos: ideas, deseos, identidades, prácticas simbólicas y sociales, discursos ideológicos... hasta la salvación es un producto a la venta en el mercado del sens commun. Pero España es un caso realmente singular: asediada siempre por espectros de todo tipo en las columnas, editoriales y titulares de sus diarios, oprimida por "ídeas destruídas" y siempre acechada por un pasado que se ha erigido como fuente de disputa. También como origen del renacimiento de diversos ecos fantasmales.

El rito de la lectura del titular ilustra muy bien esta presencia ausente del espectro en la letra. Porque, no vaya a olvidársenos, no somos ya nosotros quienes leemos sino ellos los que leen a través de nuestros ojos, siendo actuados por ellos. Lo único que hacemos nosotros es comprar el diario, reconocer esa "nuestra" pretendida opinión en él y producir los efectos de verdad suficientes como para que las broncas ideológicas de la sociedad no pierdan su fuste. Lo peor es que los títulares, equipados con sus grandes verdades, hace tiempo que dejaron expresar algo así como "noticias". Si uno aplica un poco la vista a la prensa del país se dará cuenta de que los grandes textos de primera página no refieren a la realidad de un suceso, sino que parecen más bien ser la referencia negativa de la primera página de otro periódico: culmen del desencuentro mediático y, por desgracia, también social. Bourdieu además apuntaba un dato aún más atroz dentro de esta lógica: el hecho de que unas noticias refieran a otras no sólo es índice de desencuentro, sino de algo peor, de un encuentro en el modo de dar la información a nivel nacional. Se informa de lo Mismo pero de maneras encontradas, sin salir en absoluto de esa bipolaridad del esto o aquello, lo mismo o lo otro: da igual, el marco de referencia es la misma "pseudo noticia", lo que cambia es la doxa.

Más allá de mostrar que todo periódico es índice de cierto reconocimiento ideológico, cosa que creo podemos comprobar a poco que reparemos un poco en nuestros actos, cabe hablar sobre una neblina espectral que no deja de azotar cualquier ideología española: ese vapor lleno de vaguedad es el pasado. Leemos siempre a partir de nuestra historia, de la configuración de nuestro pasado y nuestro presente, de las coyunturas que pueden abrir otro futuro, de los debates que ponen en juego este último y las circunstancias políticas, sociales y ecnonómicas en las que nos hallamos inmersos. Todo eso lee a través de nosotros, libres sujetos liberales. La disputa en España está lejos de ser clara. Venimos de una Guerra Civil, del atentado contra la democracia legítima de un pueblo, venimos, como tantas veces, de la muerte. La divisón entre Rojos y Azules nunca fue tal, fue una coyuntura política y militar la que abrió esta distinción y sin embargo no podemos deshacernos del sambenito. Digo que fue el conflicto el que abrió la brecha porque nunca antes (aunque había movimientos sociales, instituciones y personas con opiniones encontradas) se había llegado a la división simbólica, afectiva y política del país como tal. De hecho las grandes divisiones han sido siempre la máscara de dominio que ha ocultado las relaciones entre las personas: hubo gente que se quiso aún en época de odio, gente de diferente bando que ayudó al otro aún a riesgo de su vida. Y hoy lo banalizamos todo desde la política mediática y nuestro estado de bienestar. El pasado es hoy la herramienta política número uno, su uso desigual está vertebrando una escala de odio totalmente imbécil. La derecha revisionista (César Vidal, Pío Moa y otros de este séquito) no han dejado de realizar truculentas lecturas sin ningún tipo de fundamentación científica o teórica. La "izquierda" del PSOE puso el dedo en la llaga cuando trató de realizar un ley de la memoria histórica, y todo porque los vencedores nunca quisieron reconocer a sus vencidos. Es duro enfrentarse a la memoria del otro, del sojuzgado, del herido y del continuamente excluido. Es preferible que predomine la disputa y la "falsa consciencia", que los rotativos sigan perpetuándose con el sabor de la mentira ideológica, negando la realidad.

Freud descubrió que los histéricos manifestaban conductas que eran efecto de un trauma o problema, su modo de actuar era ya en parte síntoma de algo que articulaba el fondo de su dinámica patológica. Mediante la asociación libre, el vencimiento de las resistencias y la transferencia podían liberarse del trauma dichos sujetos convalecientes y recuperar cierto equilibrio. En España nos pasa algo parecido: algunos han hecho Histeria de la Historia, han recubierto sintomáticamente sus traumas con actitudes que niegan aquello que les desestabiliza, que les hace daño, y ese algo es la voz del otro que no dejará de latir en sus consciencias jamás (muchos son católicos y, por tanto, expertos en esto del morsus conscientiae).

Los espectros que nos viven, pese a lo que Ibsen decía, pueden desaparecer. Sólo hace falta desempolvar el pasado, abrirlo a la luz en el presente para que cesen de merodear.


Mario E.P.


3 comentarios:

Gustavo dijo...

En todo de acuerdo contigo, salvo un matiz acerca de la guerra civil: también fue el resultado de las enormes diferencias sociales que existían: más que una guerra "fratricida" fue la máxima expresión de la lucha de clases, mal a quien pese.

Mario Espinoza dijo...

Estoy de acuerdo con lo que dices Gustavo, pues en gran parte fue así. Pero la división, esa división que marcará generaciones (desde un punto de vista ideológico, simbólico y afectivo) creo que es efecto de la guerra, de su duración y su fin. Hoy día los apelativos rojo o facha (es curioso que no azul y si "rojo" se haya conservado como un insulto, probablemente gracias a diversas circunstancias que sería largo enumerar e investigar), siguen teniendo una vigencia simbólica muy importante, son adjetivos calificativos según los contextos.
Respecto a los efectos de la desigualdad como una de las fuentes de la guerra, tengo que darte mucha razón, quizá esto sería un punto de necesaria investigación y podría aclarar ciertas cosas.

Gustavo dijo...

Así es. Tan sólo piensa en como se acentúan siempre las palabras "fratricida" y "civil" y se evita en muchas ocasiones el enumerar las circunstancias sociales que llevaron, por ejemplo, años antes, a los mineros a tomar Asturias y a los obreros catalanes Barcelona. Últimamente sólo se hace hincapié en los factores nacionalisatas vascos, catalanes y, en menor medida, gallegos, años o meses antes de la guerra: Pío Moñas en esto tiene mucho que ver.